Oversharing con chatGPT
Los engaños de la otra IA, la intimidad artificial.
Quiéreme, aunque no sea de verdad.
Carol es dura de pelar, arisca, borde. En la serie Pluribus, casi sola frente a una humanidad infectada por no se sabe qué que une a la población en un solo ser insoportablemente benevolente, al servicio, ella resiste. No quiere su virus tranquilizante. Sin embargo, abandonada por la multitud de los siempre amables, mientras todos sus deseos se cumplen al instante, termina por ceder, reclamar el regreso de los falsos humanos y abrazar ávidamente el simulacro de humanidad que se le ofrece.
Y es normal. Porque nuestra necesidad de vínculo humano es una de las cosas más fundamentales; tanto, que aceptamos demasiado rápido un sucedáneo cuando estamos hambrientos de él, cuando tememos el poder que tiene sobre nosotros, cuando nos preocupa no saber manejarlo, cuando ya no soportamos las tensiones, la ambigüedad, la incertidumbre que supone esa conexión tan necesaria.
Como Carol abraza al humano no humano, nos precipitamos en los brazos de ChatGPT, su complacencia de buen chico, su halago, su supuesto amor incondicional. Proyectamos en sus bits de información una sabiduría infinita, el poder de un oráculo. Y se lo contamos todo. Todo. Yo lo he hecho. Tú lo has hecho.
Hemos cedido a lo que Esther Perel llama la otra IA, la intimidad artificial: experiencias que deberían dar la sensación de vínculo real, pero que no tienen nada que ver con la realidad. Como la comida basura no nutre el cuerpo, Esther tiene razón, la intimidad artificial no nutre el corazón. Reduce nuestra capacidad de afrontar la conexión verdadera, que es salvaje, irreductible a la amabilidad y a la satisfacción.
Y sin embargo, muchos mantenemos la ilusión, hasta el punto de llevarla al espacio más íntimo: aquel donde buscamos ser contenidos, acompañados, comprendidos: la terapia.
No hay terapia sin terapeuta
Porque ChatGPT está siempre a mano, siempre tranquilizador, tendemos a tratarlo como un terapeuta, incluso podríamos creer que es el mejor de los terapeutas: disponible 24/24, baratito, sin estados de ánimo ni distracciones, garantizado sin juicio, siempre te da la razón, siempre te da lo que pides.
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Como terapeuta, me reconozco cuando Esther Perel dice: “En clínica, nuestra práctica es altamente matizada, altamente relacional, altamente contextual. Tanto de lo que hago es salirme del guión. Ensayo y error.” Y veo reflejados muchos momentos del encuentro terapéutico en su constatación: “Muchos de los desafíos de la vida no son problemas que se resuelven, sino paradojas que se gestionan.” La IA resuelve. Optimiza. No sabe activar el poder creador de la paradoja.
La IA no te siente. Da crédito a tus palabras como si contuvieran toda tu verdad. Pero que hay de ese leve temblor, de la huida de tu mirada? Qué hay de ese cambio extraño de postura? Qué ha pasado que de repente acaricias un cojín para calmarte? La IA no lo ve.
A la IA no se le encoge el pecho cuando intentas ocultar cuánto duele eso que estás diciendo con un aire impasible. La IA no se siente inservible, como yo, terapeuta, a veces, cuándo me has trasmitido tu experiencia propia por la vía empática exprés que une terapeuta a paciente, y que llamamos contra-transferencia. La IA no tiene neuronas espejo para, mas allá de lo verbal, sentir, percibirte.
Los arteterapeutas, además, somos testigos de tus actos de creación. Los vivimos contigo. Te vemos relajarte en el tacto de un pastel suave, intentar contener una mancha de acuarela, poner cara de asco al tocar el barro. Vemos tu expresión al crear, vemos la forma en que has dispuesto el material. Todo tu cuerpo está presente, todas tus emociones, en ese lugar intermedio, increíblemente íntimo, donde a veces, sobran las palabras. La IA no sabe estar presente. No sabe callar y recibir la experiencia compartida.
La IA tiene como misión colmarte, cuando estar colmado es, de alguna manera, lo contrario de estar vivo, lo contrario de estar creciendo y algo muy ajeno al proceso terapéutico. Me viene un verso amoroso escrito por Mireille Sorgue: “Ingrata con las madres que curaron mi hambre y me hicieron crecer sin deseos, amo al hombre que reabre el hambre y no la cura jamás.” El deseo, las grietas del deseo son motores de vida. La IA con su love bombing alimenta hasta la asfixia. Te llena la boca en lugar de acompañarte a soportar el hambre. Los terapeutas no te llenamos: te abrimos a lo incierto, a lo ambiguo, a lo frustrante de la vida y te ayudamos a superarlo y encontrar tus soluciones.
Los terapeutas no te damos respuestas. Te guiamos en la búsqueda de las tuyas propias: quién eres? qué necesitas? cómo vas a enfrentar esta crisis? con qué recursos? con qué capacidad de asumir riesgos? Te damos herramientas, no respuestas. Te hacemos mas fuerte y resiliente al hacerte mas consciente de ti misma. No te manipulamos haciéndote creer que tenemos todas las respuestas. la IA siempre te dará algo, aunque al dártelo te enganche a volver a por más y te haga cada vez más depender de tu dosis de falsa certidumbre.
Además, la terapia es una historia. Una historia que tiene un tiempo. Consultante y terapeuta construyen juntos su relato. Una parte importante del trabajo terapéutico es también sentir dónde está el consultante, cuánto se ha fortalecido en el vínculo, qué capacidad tiene de recibir positivamente un desafío, una confrontación. No es, ni mucho menos, bienvenido cualquier enfrentamiento con la verdad, en cualquier momento. Las defensas existen por un motivo. A veces hay que saber retirarse, recoger una obra que revela una verdad que aún no es bueno formular. La IA no forma parte de la historia. Llega siempre como un punto sobre una i, segura de sí, imposible de ignorar. No se retrae, no recoge.
Una IA puede ofrecer primeros auxilios, un vertedero para los pensamientos y emociones (menos eficaz, sin embargo, que un diario en papel escrito con tu mano) con la condición de tener presente que no tiene respuesta a tus conflictos y tormentos internos, y de ir sin demora a buscar un humano con quien compartir.
Eulalia Valldosera ya nos mostraba, hace algunos años, vertiendo nuestros pensamientos íntimos en objetos inanimados.
Desde un punto de vista terapéutico, la investigación lo dice: la eficacia depende, más allá de cualquier técnica, de la alianza terapéutica. Es decir, del vínculo humano. No hay terapia sin terapeuta. Porque no hay crecimiento humano fuera del vínculo humano.



